Al igual que los sofistas, Sócrates vivió la era dorada de la democracia ateniense. Los escritos de Platón dejan constancia de la rivalidad que existía entre estos.
Sócrates no fue una figura menos controvertida en Atenas que los sofistas de la época, pero si es verdad que tuvieron enemigos distintos. Mientras que los aristócratas miraban con recelo la demagogia de los sofistas, los demócratas tenían especial inquina a Sócrates y a las incómodas preguntas con las que solía abordarlos. Estas inquinas terminaron por costarle la vida, pues fue acusado de corromper a la juventud ateniense e introducir nuevos dioses y condenado a muerte en consecuencia.
Sócrates no fundó una escuela, ni tenía alumnos que pagaran por sus enseñanzas, sino que enseñaba a todo aquel que quisiera conversar con él. Este viejo sabio no se valía de las conversaciones para convencer a sus interlocutores, las usaba como una herramienta con la cual poder acceder al conocimiento. Él mismo decía “Yo solo sé que no sé nada” y partía de esa base para interrogar a sus vecinos acerca de las más variadas cuestiones como: “¿Qué es la virtud?, ¿qué es un hombre? o ¿qué es la justicia?”.
Cuando el interrogado contestaba, Sócrates le hacía indagar más a fondo haciéndole nuevas preguntas, eliminando cada vez más particularidades y aproximándose cada vez más a un concepto general, pues lo que pretendía era alcanzar definiciones universales. Sócrates bautizó a este método basado en preguntas y respuestas como mayéutica, que en griego vendría a significar algo así como el arte de ayudar a parir. Él, con sus preguntas nos ayudaría a sacar a la luz conceptos que ya están en nuestro interior.
Al contrario que los sofistas, Sócrates afirmaba que había una única verdad y que el hombre debía esforzarse por buscarla. Sin embargo, este filósofo estaba más centrado en la realidad del ser humano y su problemática que en la naturaleza. Sócrates pensaba que el hombre debía hacer por conocerse a sí mismo, pues creía firmemente que conociéndonos podríamos ser conscientes del verdadero bien y a partir de allí articular normas morales válidas para todos. Este saber no era meramente especulativo, para este pensador era tan importante conocer el bien como actuar en consecuencia.
Lo que convirtió a Sócrates en el filósofo más popular de la antigüedad clásica fue su conducta más que sus doctrinas. Todos los filósofos que le sucedieron admiraron la entereza con la que asumió su condena a muerte. Sócrates pudo haber esquivado tan trágico final en muchas ocasiones, y muy fácilmente. Se le ofreció pagar una multa a cambio de su vida, pero se negó, pues haberlo hecho hubiera sido como admitir que era culpable. Sus seguidores trataron de ayudarle a escapar, pero Sócrates pensaba que todos los hombres debían respetar las leyes, y siendo coherente con su manera de pensar, afrontó con valentía su destino.
BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA
¿Recuerdan la importancia que daba Sócrates al uso de la conversación para alcanzar la verdad? Este sabio decía que cuando se le hace una pregunta a un libro este calla majestuosamente. No se puede tener una conversación con un libro, y es por ello por lo que Sócrates no nos legó ningún texto.
Por fortuna, sus doctrinas calaron muy hondo en las personas que lo rodeaban, las cuales sí dejaron por escrito las enseñanzas de su maestro. Además de los Diálogos de Platón, la Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos ilustres de Diógenes Laercio vuelve a ser una lectura muy recomendable.

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