Tomás Moro estableció el concepto de utopía e hizo que el género utópico se pusiese de moda.

Tomás de Aquino no es el único Santo Tomás de la historia de la filosofía, pues nuestro amigo Thomas Moro fue canonizado por Pío XI el siglo anterior. Posteriormente fue declarado por Juan Pablo II como patrón de los políticos y gobernantes. Estos honores se debieron a que Santo Tomás Moro fue un mártir de la fe.

Nació en Londres en el año 1478 y a lo largo de su vida desempeñó distintos cargos políticos llegando a ser nombrado Lord Canciller del Reino. Sus problemas comenzaron cuando Enrique VIII rompió relaciones con el Papa de Roma y se nombró a sí mismo cabeza de la iglesia de Inglaterra. Tomás se negó a reconocer a este como tal y se opuso a la reforma eclesiástica, cosa que le costó la cabeza.

Nos encontramos ante otro as de la filosofía política, que al contrario que Maquiavelo, al cual no leyó nunca, sí le preocupaba como debía de ser un buen gobierno. A este filósofo le debemos el concepto de utopía, y que el género utópico se pusiese de moda durante aquella época.

Clarísimamente inspirado por La República de Platón, redactó una novela filosófica titulada Sobre el estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía. El propio nombre de la isla es ya toda una declaración de intenciones, pues en griego utopía significa aquello que no está en ninguna parte.

Aunque, como hemos dicho, se inspira en gran parte en Platón, a diferencia de este, que pensaba que la sociedad debía segregarse en clases con distintos roles, Tomás Moro defendía la igualdad entre todos los ciudadanos. Recomendaba que las tareas se repartiesen equitativamente entre todos y que se fuesen rotando para evitar que surgiesen desigualdades sociales. La jornada laboral había de ser de seis horas para que los trabajadores pudiesen tener tiempo libre para autorealizarse con otras actividades. Al igual que Platón, no creía en la propiedad privada, sino en el comunismo de bienes.

Tomás Moro fue testigo de crueles persecuciones religiosas que él mismo sufrió en sus carnes, por ello no es de extrañar que en su libro conciba a los ciudadanos del estado ideal como pacifistas y tolerantes. Retrata a los habitantes de Utopía como hombres piadosos que aun adorando a Dios cada uno a su manera, saben vivir en paz y armonía.

El género utópico ha gozado de buena salud a lo largo de toda la historia y es casi siempre un grito de socorro. Imaginar un nuevo mundo ideal pone de manifiesto todo lo que está podrido y provoca sufrimiento en el nuestro. Pero no solo es un grito de socorro, es un canto de esperanza que nos dice que somos capaces de hacer las cosas mucho mejor. Al contrario que Maquiavelo, que siempre esperaba lo peor de los hombres, Tomás Moro y los utopistas sí tienen fe en las personas