Nacido en Italia en el año 1225, Tomás de Aquino fue sin duda alguna el filósofo medieval más importante del mundo cristiano.

Perteneció a una familia noble y sintió desde jovencísimo una fuerte vocación religiosa. Lo único que deseaba Santo Tomás en su juventud era poder unirse a la orden monástica de los dominicos, cosa que consiguió.

Su familia se oponía a que vistiese los hábitos y lo tuvieron encerrado en la residencia familiar durante más de un año con la intención de hacerle cambiar de opinión, pero el esfuerzo que realizaron fue vano. Finalmente, Santo Tomás se salió con la suya y partió hacia París para estudiar teología.

En París, su maestro fue el mismísimo San Alberto Magno, que era uno de los filósofos más importantes de la época. Santo Tomás se dedicó al estudió con ahínco, acompañó a su maestro en sus viajes alrededor de Europa y terminó consiguiendo ocupar una cátedra universitaria. Fue un escritor prolífico que redactó decenas y decenas de libros con la intención de que sirviesen a sus alumnos como material de estudio.

La gran aportación de Santo Tomás al mundo de la filosofía es haber roto con la tradición neoplatónica y haber conseguido usar las doctrinas de Aristóteles para razonar la fe cristiana. Este logro lo hizo merecedor de ser nombrado Doctor de la Iglesia, Doctor Angélico y ser canonizado. A día de hoy, este santo sigue siendo el patrón de los estudiantes.

Santo Tomás es un Aristóteles cristianizado; se mire por donde se mire, su doctrina es aristotélica. Véase como ejemplo su ética. ¿Recuerdan ustedes que, según Aristóteles, el fin supremo al que aspiran los hombres es la felicidad? Pues Santo Tomás cambiará la felicidad por la buenaventura de la salvación y describirá como virtuosos todos aquellos actos que nos acerquen a este propósito. Las virtudes a las que este filósofo da más importancia son la fe, la caridad y la esperanza.

Otro aspecto muy destacable de su filosofía es la concepción que tenía del cuerpo y del ser humano. Esta doctrina está estrechamente ligada a su ética. Santo Tomás rompe con siglos y siglos de tradición cristiana neoplatónica en la que se rechazaba el cuerpo y todo lo relacionado con el mundo material. Para este filósofo mente y cuerpo conformaban una unidad en la que, pese a que el alma era preponderante, el cuerpo gozaba de mucha importancia.

Santo Tomás nos recuerda que el cuerpo también tiene que participar en el proceso de salvación y que, al igual que el alma, será castigado y recompensado al final de los días. Nos dice que conservaremos la unidad de cuerpo y alma en la vida eterna y que si somos condenados sufriremos daños tanto físicos como espirituales. Del mismo modo si vamos al cielo disfrutaremos tanto del gozo espiritual de contemplar al Señor como de increíbles placeres corporales.