Pese a que suele ser estudiado como un filósofo medieval, lo cierto es que San Agustín vivió y desarrolló sus obras durante la Edad Antigua.
San Agustín es considerado como el más grande de los padres de la iglesia y sus doctrinas, fuertemente influenciadas por Plotino y los filósofos neoplatónicos, fueron hegemónicas hasta bien entrado el siglo XIII de nuestra era.
Nació en el año 354 d.C en la provincia romana de Numidia, situada en el norte de África. Su madre era cristiana y trató de educar al pequeño Agustín como tal, pero cuando cumplió dieciséis años este se marchó a Cartago a estudiar retórica y allí renunció a la religión. Cartago era todavía, por aquel entonces, una ciudad pagana y, lejos del control de su madre, San Agustín dio rienda suelta a los vicios y a las pasiones. En esta ciudad fue donde conoció a la amante que le dio su primer hijo.
La lectura del Hortensio de Cicerón impresionó fuertemente la mente del joven San Agustín, que de repente comenzó a preocuparse por cuestiones filosóficas. Buscando satisfacer sus inquietudes espirituales empezó a seguir las enseñanzas de los maniqueos, que decían que el mundo estaba compuesto por un principio bueno y otro malo e identificaban el alma con el bien y el cuerpo con el mal.
Terminados sus estudios de retórica, San Agustín trató de abrir una academia, primero en Roma y después en Milán. En Milán fue donde, tras estudiar la filosofía neoplatónica, se reconcilió con la religión. Convertido de nuevo al cristianismo regresó a su patria y se hizo nombrar sacerdote. Su carrera como clérigo fue meteórica, pues en tan solo cinco años llegó a ser obispo.
Agustín toma prestada casi toda la filosofía de Plotino, identificando al Uno con el Dios Cristiano. Este filósofo trató de explicar cómo era posible la existencia del mal en un mundo creado por un Dios omnipotente y bueno y encontró la respuesta en el libre arbitrio del hombre.
Muy en la línea de Plotino, San Agustín nos cuenta que el ser humano, al dejarse arrastrar por su naturaleza material, rompe con Dios y peca. El texto más importante de este filósofo es La ciudad de Dios. Este libro plantea por primera vez una concepción de la historia muy distinta a la habida hasta el momento en el mundo clásico. Mientras que los griegos y romanos concebían el tiempo como cíclico y eterno (sin un principio ni un fin), San Agustín lo plantea de una manera lineal: comienza con la creación divina y termina el día del Juicio Final.
En La ciudad de Dios también se describen las dos comunidades de hombres posibles:
- La ciudad celestial: conformada por los hombres justos que confían en Cristo y se sentarán a su derecha cuando se instaure el Reino del Señor.
- La ciudad terrenal: en ella habitan todos los infieles que rechazan a la iglesia y que irán al infierno después del fin de los días.

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