Averroes, el filósofo más influyente del medioevo, pasó a la historia por la profundidad con la que analizó el Tratado sobre el Alma de Aristóteles.
En el periodo comprendido entre el final de la antigüedad y la alta edad media, la filosofía de Aristóteles desapareció por completo en Europa, siendo Platón la principal influencia para los filósofos cristianos. Sin embargo, en oriente, la filosofía aristotélica despertaba auténticas pasiones. Tanta fue la importancia que tuvo Aristóteles para los filósofos musulmanes que estos le dieron el nombre honorífico de “Primer Maestro”.
En el año 711 de nuestra era, un gran ejército musulmán cruzó el estrecho de Gibraltar y conquistó casi toda la Península Ibérica. Los árabes dieron a este territorio el nombre de Al-Ándalus. Árabes, sirios y bereberes se instalaron en la península y convivieron, a veces pacíficamente y a veces no, con la población cristiana y judía precedente. Los invasores no solo trajeron consigo el islam, también trajeron consigo la ciencia más avanzada de la época y la filosofía aristotélica.
Con el pasar de los años, Al-Ándalus terminó por convertirse en el faro cultural del islam y de Europa occidental. El mundo de la filosofía tiene una deuda enorme con los filósofos andalusíes y con los pensadores musulmanes que les precedieron, porque, de no ser por ellos, el legado de Aristóteles se habría perdido para siempre. El lector y comentarista de Aristóteles por excelencia fue el filósofo cordobés Walid Ibn Rusd, más conocido por nosotros como Averroes.
Averroes vivió en Al-Ándalus en la era del Imperio Almohade. Provenía de una estirpe de juristas y siguió con la tradición familiar. Llegó a ser el cadí de la mezquita de Córdoba, puesto que compaginaba con el de médico de la corte. Fue una figura querida y respetada entre los poderosos hasta que Almanzor llegó al poder. Almanzor no tenía el espíritu tolerante de sus predecesores y dio comienzo a brutales persecuciones políticas y religiosas. Las ideas de Averroes eran incómodas en este ambiente de fanatismo e intolerancia, por lo que terminó siendo desterrado primero a Lucena y más tarde a Marrakech, donde pasaría sus últimos días de vida.
Averroes se sentía con el compromiso de continuar con el legado de los filósofos griegos y pasó a la historia, en gran parte, por la profundidad con la que analizó y comentó el Tratado sobre el Alma de Aristóteles.
El texto original de Aristóteles es muy breve, pero pese a esto el filósofo andalusí consiguió desarrollar a partir de él toda una doctrina. Comentándolo llegó a la conclusión de que el intelecto humano se dividía en intelecto paciente, intelecto agente e intelecto especulativo.
No todo su trabajo se limitó a comentar la obra de Aristóteles, también hizo esfuerzos por tratar de conciliar la religión islámica y la filosofía. Defendía que ambas doctrinas podían complementarse, pero también advertía de lo peligroso que podía ser que los filósofos se dirigiesen al vulgo, pues podían confundirle y empujarle hacia la herejía. La filosofía debía quedar reservada para las mentes más brillantes, mientras que los menos capaces intelectualmente habrían de conformarse con la interpretación literal de las enseñanzas del islam.
Averroes fue, de lejos, el filósofo más influyente del medievo; tras su irrupción no hubo un solo pensador cristiano que no tratase de apropiarse de sus doctrinas. Sin Averroes jamás hubiese existido la escolástica.
Al igual que Averroes y Séneca, este filósofo judío era de origen cordobés. Mosé Ben Maimón también fue víctima de la intolerancia y la represión de los almohades y tuvo que huir de Al Ándalus. Vagó por el norte de África hasta que se instaló en El Cairo, ciudad en la que llegó a desempeñar el rol de visir y donde concibió toda su obra filosófica, la cual estaba fuertemente influenciada por el aristotelismo. Provenía de una importantísima familia sefardita que decía descender del mismísimo rey David.
Maimónides fue un hombre brillante que, además de como filósofo, se desempeñó como poeta, médico, político y rabino. Fue toda una autoridad religiosa para el pueblo hebreo, que le llegó a bautizar como el segundo Moisés. Como Averroes, este pensador era muy selectivo a la hora de considerar quienes debían estudiar la filosofía y quienes no, y también instaba a los demás filósofos a no confundir con sus doctrinas a la plebe, pero también remarcaba la obligación que tienen los hombres con altas capacidades de razonar la fe. Usando una ciudad y el palacio que se encuentra en su interior como metáfora distingue las siguientes categorías de hombres:
- Los ateos: quienes viven como animales fuera de la ciudad.
- Los hombres de la opinión: que viven dentro de la ciudad pero dándole la espalda al palacio.
- Religiosos ignorantes: esta masa de hombres se instala alrededor del palacio.
- Los estudiosos de las escrituras: son los que se agrupan a las puertas de palacio.
- Los metafísicos: esta clase ya se encuentra en el interior del edificio.
- Los profetas: son de una clase superior aún a los metafísicos y tienen el privilegio de poder acceder a las dependencias del soberano

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